Thomas Bach: “Los Juegos Olímpicos no tienen nada que ver con la política”

Columna del Presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach.

Participar en los Juegos Olímpicos es una experiencia increíble para cualquier atleta, pero también es una gran lección de humildad cuando te das cuenta de que participas en algo mucho mayor. Formas parte de un evento que une al mundo. En los Juegos Olímpicos, todos somos iguales. Todos respetan las mismas reglas, independientemente de su origen social, género, raza, orientación sexual o creencia política.

La primera vez que experimenté esta magia fue en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Desde el momento en que me instalé en la Villa Olímpica, pude sentir cómo cobraba vida ese espíritu olímpico. Convivir con otros atletas de todo el mundo me abrió los ojos al poder unificador del deporte.

Como atletas, somos competidores en el deporte, pero en la Villa Olímpica todos convivimos pacíficamente bajo el mismo techo. Cada vez que los atletas olímpicos nos reunimos, sin importar de dónde vengamos o cuándo competimos en los Juegos, el tema de todas las conversaciones gira inmediatamente en torno a esta experiencia compartida.

Sin embargo, un incidente enturbió mi primera experiencia olímpica. Poco antes de la ceremonia de apertura, miré hacia fuera por la ventana de mi habitación en la Villa Olímpica y vi a un gran grupo de atletas africanos con maletas. Muchos de ellos lloraban, otros agachaban la cabeza abatidos. Después de preguntar qué estaba ocurriendo, me enteré que a última hora sus Gobiernos habían decidido boicotear los Juegos, por lo que debían partir. La desolación por ver cómo se rompía su sueño olímpico, destrozado en el último momento tras muchos años de duro trabajo e ilusión, aún me persigue hoy en día.

Esto presagió otro momento decisivo que ocurriría cuatro años después, cuando experimenté la impotencia política del deporte en el boicot de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Como presidente de la Comisión de Atletas de Alemania Occidental, me opuse firmemente a este boicot, porque castigaba a los atletas por algo con lo que no teníamos nada que ver: la invasión de Afganistán por el ejército soviético.

Me di cuenta de que las organizaciones deportivas tenían muy poca influencia política, si es que tenían alguna, y como atletas teníamos muy poco que decir. Nuestras voces no fueron escuchadas ni por los políticos ni por nuestros líderes deportivos. Fue una experiencia muy humillante.

Al final, el Comité Olímpico de Alemania Occidental fue uno de los muchos que boicotearon los Juegos. No nos consuela que en última instancia se haya demostrado que este boicot no solo castigó a quien no lo merecía, sino que tampoco tuvo un efecto político: el ejército soviético permaneció nueve años en Afganistán. De hecho, el boicot de 1980 solo desencadenó el boicot de venganza de los siguientes Juegos Olímpicos: Los Ángeles 1984.

Hoy sigo pensando en estas dos experiencias. Me dejaron claro que la misión central de los Juegos Olímpicos es reunir a los mejores atletas del mundo de 206 Comités Olímpicos nacionales en una competición deportiva pacífica.

Los Juegos Olímpicos no tienen nada que ver con la política. El COI, como organización civil no gubernamental, es estrictamente neutral desde el punto de vista político en todo momento. Ni la adjudicación de los Juegos ni la participación en ellos son un juicio político con respecto al país anfitrión.

Los Juegos Olímpicos están regidos por el COI, no por los Gobiernos. El COI invita a los CONs a participar y las invitaciones no provienen del Gobierno del país anfitrión. Es el CON el que luego invita a sus autoridades políticas a acompañar a sus atletas en los Juegos. El jefe de Estado del país anfitrión solo puede decir una frase, escrita por el COI, para inaugurar oficialmente los Juegos. Ningún otro político está autorizado a desempeñar función alguna, ni siquiera durante las ceremonias de entrega de medallas.

Los Juegos Olímpicos no buscan el beneficio económico. El COI reinvierte el 90 % de sus ingresos en atletas de todo el mundo, especialmente en países en desarrollo. El dinero va a parar a los organizadores de los Juegos Olímpicos, que ofrecen a los atletas las condiciones para poder destacarse.

Los Juegos Olímpicos solo pueden unir a todo el mundo a través del deporte si todos pueden participar. Por eso la solidaridad beneficia a todos los atletas de todo el planeta y no solo a unos pocos países o a unos pocos deportes. Nuestro dinero beneficia a todos los atletas de los 206 Comités Olímpicos nacionales, del Equipo Olímpico de Refugiados del COI y de todos los deportes olímpicos, asegurando así una verdadera universalidad y diversidad.

Los Juegos Olímpicos son, ante todo, deporte. Los atletas personifican los valores de excelencia, solidaridad y paz. También expresan esta inclusión y respeto mutuo, siendo políticamente neutrales en el campo de juego y durante las ceremonias.

A veces, este énfasis en el deporte debe conciliarse con la libertad de expresión de la que todos los atletas disfrutan también en los Juegos Olímpicos. Por ello, existen normas para el campo de juego y las ceremonias, que protegen este espíritu deportivo. Los Juegos solo pueden desplegar su poder cohesionador si todos muestran respeto y solidaridad por los demás. De lo contrario, se degradarán y se convertirán en un espacio para manifestaciones de todo tipo, que dividen en vez de unir al mundo.

Los Juegos Olímpicos no pueden prevenir guerras ni conflictos y tampoco pueden abordar todos los desafíos políticos y sociales de nuestro mundo, pero pueden ser un ejemplo para un mundo en el que, siguiendo las mismas normas, todos se respetan mutuamente. Los Juegos Olímpicos pueden inspirarnos a resolver problemas de manera amistosa y solidaria. Pueden tender puentes que fomenten el entendimiento entre pueblos y así abrir la puerta a la paz.

Los Juegos Olímpicos son una reafirmación de nuestra humanidad compartida y contribuyen a la unidad en la diversidad. Tal y como aprendí gracias a mi experiencia personal, velar porque los Juegos Olímpicos muestren esta magia y unan a todo el mundo en paz es algo por lo que vale la pena luchar todos los días.

CORTESÍA: EL CLARÍN

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