Jugando de home club

Pedro tiene un año y cuatro meses en Lima, igual que los tres amigos con los que ha venido a Villa María del Triunfo a ver el debut de Venezuela en el softbol de los Panamericanos. Llegó en bus desde La Quebrada, en su Trujillo natal, sorteando siete días de páramo y angustia para llegar al país desde donde mantiene a sus dos hijos. Igual que más de la mitad del estadio, se siente un poco en casa después de pagar los 20 soles (aproximadamente seis dólares) de la entrada para ver el juego contra Estados Unidos.

“Venga, vieja”, se oye en las gradas, y Jorge Lima y sus compañeros se sienten home club, y no solo porque batean en la parte baja de cada inning. “Pégala contra la pared”, gritan invocando el extrabase. “Ompayita, ya sabemos donde tú vives”, bromean para presionar al principal canadiense Terry Richter cada vez que se le pierde la zona de strike. Hasta el canto “león, león” evoca el Universitario a los pies de El Salvador, la estatua que corona los cerros poblados de casas de bloque sin frisar.

El amor por la pelota nunca se pierde. EDIXON GÁMEZ

“Es como sentirse en casa con este apoyo, esperemos que sigan viniendo, porque nos da una sensación de calidez que estén aquí”, celebraba el segunda base Jorge Lima. “Hoy no se pudo, pero esperamos que con Argentina sí puedan celebrar”.

Pedro y sus amigos han desconectado la aplicación del sistema de envíos con el que trabajan para poder acompañar al softbol. “En Valera vimos jugar a varios de la selección: Rafael Flores, Erwin Querales, John Zambrano, en un triangular que se hizo allá”, recuerdan.

Ellos también se juntan de vez en cuando para jugar softbol. “Pero no queda mucho tiempo para hacerlo, porque aquí se trabaja mucho”, apuntan.

Rafael Salinas, ingeniero electrónico egresado de la UNEFA, se gana la vida como maestro de robótica, matemáticas y computación en un liceo de Lima. Esta semana está libre, lo mismo que su esposa Luisa, que trabaja en un restaurante. Uno de sus alumnos de bachillerato ha venido al estadio a aprender de softbol. “Eso fue un tremendo error”, dice el chico. Rafael y Luisa rompen en carcajadas. “No, vale, eso fue un hit”. “¿Y no se callan nunca?”, pregunta el aprendiz de pelota. “No, siempre estamos gritándole instrucciones a los jugadores”.

Elías jugó beisbol AA en su natal Maturín. Su hijo Daniel, de siete años, también llegó a pisar el terreno en Venezuela. Ahora en Perú no encuentra dónde hacerlo, así que se consuelan viendo jugar al softbol. 

Elías y su hijo Daniel desahogan en el softbol su nostalgia por el beisbol. EDIXON GÁMEZ

No lejos de allí, Zuleida Barrios junta sus memorias para reconstruir su amor por el softbol. Durante 11 años, ha llevado una página web de este deporte. Hace poco sufrió un accidente cerebro-vascular y encontrar las palabras para expresarse le cuesta, pero para alimentar  la página de la liga de Costa Verde, integrada 100% por venezolanos radicados en Lima, no le fallan las palabras. Tampoco para animar a su selección.

“El softbol es mi pasión”, agrega su amigo Emerson Ouchi, que en Venezuela tenía un equipo en el que llegó a desempeñarse el lanzador del combinado nacional Luis Colombo. “No podía perderme de verlo aquí”.

Apenas termina el duelo todos vuelven a su realidad de esfuerzo, desarraigo en algunos casos y nuevos comienzos en todos. Por un par de horas, Pedro, Elías, Zuleida, Emerson y Rafael regresaron al terruño del que nunca pensaron que tendrían que salir.

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